El MUQUI


Este era un minero que no obstante sus cuarenta años de agobiante trabajo en las oquedades mineras, no logrado reunir los fondos necesarios para vivir una vejez extenta de sobresaltos y privaciones। No tenía ni una casa propia, ni había podido ampliar su chacrita como lo habían hecho sus compañeros। La juventud no es eterna, se lo habían dicho tantas veces। Eso lo agobiaba tantas veces, Eso lo agobiaba terriblemente ।Tenía que encontrar una manera de mejorar su situación।Como sin todo lo pasado fuera poco. A su larga cadena de frustraciones vividas se le unía una serie de acontecimientos misteriosos e inquietantes. Al agudo dolor reumático, cada día más agobiante que agarrotaba sus manos; a la dureza acerada de sus paredes del “stop”, al salvaje trato de sus jefes, se acumulaba ahora un acontecimiento que lo tenía intrigado, Cada vez que se alejaba de su labor para cumplir cualquier mandado, a su vuelta encontraba revoloteado su hualqui y su coca derramada por los suelos .No podía comprender la razón de este desorden. Cuando preguntaban sus compañeros, estos negaban enfáticamente ser los actores de latrocinio y en el colmo de la desesperación con muchos de ellos llego a trompearse. Este hecho cada vez mas repetitivo lo convirtió en enemigo de los hombres que trabajaban con el, aislándolo completamente en un enervante mundo de soledad y silencio. Solo su silbo, armonioso y sentimental como el de los jilgueros silvestres, le hacían llevadero su aislamiento. Así las cosas, decidió investigar la razón de su intranquilidad; encontraría al culpable de los hurtos de su coca y cigarro.
Fingiendo ir a cumplir un encargo, abandonada su “Stop” a grandes trancos con su silbido agudo y retozón; y tras avanzar un gran trecho, silenciaba su silbo, apagaba su lámpara y retornaba en sigilo con el fin de sorprender al culpable. Muchas veces realizo esta maniobra sin resultado alguno. Una tarde, cuando el cansancio estaba a punto de doblegarlo, alcanzo a ver desde su escondite secreto, una pequeña luz que se acercaba. Espero conteniendo la respiración. Ahora si tendría que vérselas con el culpable que le había ocasionado muchos problemas. Después de un rato de espera, quedo con los ojos desmesuradamente abiertos .La luz que se acaba de ver provenía de una pequeña lamparilla como de juguete que pendía del casco de un ser diminuto y fornido den ojos brillantes de cuarzo y barbas alcaparrosa. ¡Era el Muqui!.Conteniendo la respiración al máximo espero que estuviera a su alcance y cuando lo tuvo a su vera, salto como un gato y con el chicullo que llevaba en las manos atrapo al gnomo misterioso, dueños de la minas.
-¡Te tengo carajo! –grito el minero. -Por suerte, nada más que por suerte – contesto la aparición sin hacer nada por desasirse de los poderosos brazos de su carcelero. - ¡sabes quién soy? …. -¡Claro,carajo?... ¡Eres el Muqui!....¡Eres el dueño de las minas …
Y ahí estaba el, diminuto gnomo, fornido y rubio con sus gesticulantes manitas regordetas. La cabezota unida al tronco sin trazas de cuello. Aprisionado por su protector de fibra ámbar, los hilos de oro de su cabello asomaban fulgurantes por los bordes de la prenda minera, Los pedernales de sus juguetones ojitos brillantes e inquietos, fijos en él, parecían querer saltar de sus orbitas, y su espesa barba de alcaparrosa, apretada y blanca, le daba un aspecto centenario. El muqui es el engreído de los Jircas- deidades eternas de la tierra – que le han otorgado poderes sobrenaturales. Logra aumentar o desaparecer la ley de los mineros en los socavones, por eso éstos siempre le llevan unas gotas sobre la tierra para que los Jircas y el Muqui comparten la bebida.
-¿Por qué me hiciste esas bromas tan pesadas que hasta me hicieron pelear con mis compañeros?... ¿Por qué Muqui?... ¿ah? … ¿Por qué?. -Quería que me encontraras y lo he logrado… -¿con que fin? … ¿que quieres de mi? … ¿Qué? …
-Tranquilízate. Solo quiero hacer un pacto contigo por que se que te conviene. Lo sea muy bien. -¿En qué consiste el pacto del que hablas?... -Uno muy sencillo que se que puedes cumplirlo. -¿sí? … -Como tu sabes, yo soy el dueño de todos los caudales de la mina y tengo amplios poderes sobre los minerales y la vida en la mina. Los Jircas me han concedido esa potestad; puedo ablandar las rocas del “stop” donde trabajas, convirtiéndolo en poco más que un pan de maíz y puedes sacar la cantidad que quieras. Es más, subiré la ley del mineral de tu “stop” para que tu producción sea más jugosa y ganes plata como “cancha”. No olvides que ahora los gringos pagan por avance de colectivo y puedes sacar mucha plata. Serás “marronista”. Podrás comprarte una regia casona en las calles de Pasco o de Lima o en Huánuco, donde desees. Obtendrás la cantidad de animales que quieras para llevarlos a tus terrenos. Es decir , serás un viejo rico y respetable …¿Qué dices?. -De acuerdo, de acuerdo, don Muqui .Eso es lo que necesitaba. Eso es lo que estaba buscando. -lo sé… lo sé… -La mirada impenetrable el gnomo de las minas lo producía enorme inquietud al minero; sobre todo ahora que lo miraba con una sonrisa entre burlesca y trágica. De repente se produjo el silencio.El minero presentía que todo ese ofrecimiento no seria gratuito; que detrás de todo habría alguna que cumplir. Intrigado, luego de hacer un acopio de fuerzas, se atrevió a pregunta -¿Todo a cambio de que Don Muqui?.
- Ahh , muy sencillo – contesto el hombrecillo – Yo, como todos los reyes del mundo, necesito de sirvientes que estén a mi cargo. Ellos deben estar aquí en las profundidades vagando por las galerías avisándome todo lo que acontece y cumpliéndose mis órdenes de premiar o castigar a los que osan entrar en mis dominios. Estos sirvientes son los jumpes, tú los conoces. Son almas en pena que deambulan por todos los ámbitos de mis propiedades cumpliendo mis órdenes. El caso es que periódicamente tengo que ampliar el número de lacayos. Cada año. Por eso, es recompensa por todo lo que yo te dé, tú me entregaras a un hombre al cumplir el año de nuestro pacto …¿de acuerdo?. -¿Un Hombre? … -Si un hombre. Un Hombre que se convierta en mi sirviente y será un jumpe vagabundo y eterno. Nadie sabrá de nuestro trato solo… tú y yo… ¿Qué dice?..... Ante el atroz precio que se vería obligado a cumplir por el bienestar que recibiría. Tembló de pies a cabeza. El minero podía ser de todo menos un asesino irresponsable; porque el hombre que entregara se convertiría en un fantasma a las órdenes del muqui, con una sempiterna condena de vagar por las galerías mineras. No, no. Todas sus fuerzas se revelaron y casi sin darse cuenta gritó ¡No!, Al instante, el Muqui como un pato bamboleante, se escabullo por las galerías. Eso fue todo, pero en ese instante, con un razonamiento que duró lo que dura el brillo de un relámpago, como recriminando por todas sus frustraciones acumuladas, considero que estaba perdiendo todo un caudal que bien podía sacarle de apuros y , sin pensarlo dos veces, comenzó a llamar al Muqui a grandes voces. En eso escucho a sus espaldas.
-¿sí?... -¡Aceptado, Muqui ,aceptado!. No sé cómo le voy hacer pero acepto. El próximo año, un día como hoy en este mismo lugar tendrás a tu hombre. -Ahora veo que eres sensato e inteligente. No podrías ser de otra manera: Eres minero. Habrías perdido todo por pequeños prejuicios desecharas las riquezas que te ofrezco… -No, no. El próximo año como hoy, tendrás aquí a un hombre para que hagas con él lo que quieras. –bien, está muy bien. Nosotros no necesitamos ningún documento firmado; basta nuestra palabra; palabra de minero. Ahora ve a gozar de tu fortuna en el trabajo y sus resultados que te irrogaran mucho dinero y felicidad… ¡Hasta el próximo año como hoy! … ¡No lo olvides! …
Así como lo había dicho el muqui, así sucedió. A partir del día siguiente, nuestro minero se convirtió en la estrella de los socavones. De su “Stop” durísimo sacó, como nadie, un abundante mineral de aquella semana le hizo recibir el triple que los campeones. Ingreso en el círculo de los privilegiados. Se convirtió en “marronista”, es decir, el hombre que recibía solamente billetes de cincuenta soles aquella vez tenían un color marrón y los fajos que entraban en las faltriqueras eran numerosas. No sólo eso, a donde fuera la suerte lo acompañaba .Sudaba como un descosido en aquella sauna atosigante del “Cuatrocientos Sur” en que el calor es tal que hay que trabajar en paños menores traspirando a mares. Él no lo sentía. También trabajó en aquellos heladeros en los que el frío era tremendamente impactante, abrigado con sus recias chompas de lana de llama y sus capotes impermeables; laboró en las galerías abandonadas en donde Las estalactitas de sulfato, a manera de cirios azules, adornaban las bóvedas mineras: se había hundido, casi sin sentirlo, en el asfixiante polvo perforista como experto jackmerista. Había entrado en todos los resquicios de los bovedones mineros saliendo de todos aquellos, triunfador y campante. Como enmaderador hacia prodigios con las corvinas, combas, serruchos y martillos, armando enmaderado soportable de las paredes mineras como si se trabaja con ligera madera de balsa y con aquellos pesados durmientes de troncos de montaña. En todos estos lugares, ante la sorpresa de todos, encontraba el mineral de alta ley en una abundancia proverbial. Nadie podía creerlo. Y los días de pago el “marronista” repletaba sus bolsillos teniendo cuidado de que una parte de sus ganancias sirviera para beber con sus amigos celebrando su buena suerte. D e esa manera compraba voluntades, acallando cualquier maledicencia.
A partir de entonces, también comenzó a zafar casas aquí y allá. No sabía ya ni qué cantidad de aposentos tenia. El número de sus ahijados se acrecentó porque no había sábado y domingo en los que no fuera el padrino de rigor. Para guardar las apariencias se hizo mayordomo en cofradías de Huamachuco y San Cristóbal. En todos cumplió con creces para la felicidad de feligreses. Aseguraba que las Santas cruces de cada capilla hacían el milagro. Su poder económico se agrandó cuando compro varias hectáreas de tierras en Huancabamba, en donde mandó a sembrar productos que en el mercado se vendían bien.
Sin que lo advirtiera, los días incansables y continuos fueron pasando mientras él, entre la barahúnda de su trabajo minero y los humos del licor de tanta celebración, no advertía nada. Como a nadie había revelado su secreto, nadie podía advertirle que el tiempo pasaba y que tenía que cumplir lo pactado. Así las cosas, los días y los meses, transcurrieron raudos.
-Un día como cualquier otro, el minero iba por una abandonada galería con su conocido chiflido alegre entre los labios, cuando de pronto se vio sorprendido por el Muqui.
-¿Aquí estoy cumpliendo nuestro pacto…. -¿Hoy? …. –Si, claro, hoy… ¡O … no recuerdas nuestro pacto de hace un año … Ah? … El minero quedo anonadado. No sabía que decir. Le aprecia que era ayer nomas cuando había formulado el pacto con el Muqui. Haciendo cuentas era verdad: había transcurrido justo un año. Sin tener un argumento válido trato de dilatar el plazo y , con un nerviosismo tremendo trató de conseguir otra oportunidad…… -Mira muquito, si me das un tiempito, yo te conseguiré el hombre que necesitas… -¡No! ¿Acaso no he cumplido mi parte del trato? ¿No has ganado como nadie en la mina? - Si,…. Sí es verdad pero… -¿Dónde está mi hombre, ah? … -En realidad, muquecito yo … -¡Nada!. Un trato es un trato. Tú un minero respetable, hiciste un pacto conmigo. Yo cumplí mi parte crees y ahora quiero que tu cumplas con la tuya. No tengo tiempo más … -Pero muquecito … -¡Nada cholo huevon! … He venido por mi hombre y no me iré con las manos vacías.
Al día siguiente, la mina era un manicomio. Nadie había visto salir al “marronista”. Los comentarios eran numerosos y variados. Los hombres no se explicaban en dónde podía haberse metido el diligente minero. Escudriñaron por todas las galerías, skipes, chimeneas, frontones; no dejaron rincón sin rastrear .Durante toda una semana buscaron al hombre que como nadie había producido en la mina; que como nadie con su silbido de alegría en los labios trabajaba sin cansarse. Jamás pudieron encontrarlo. Nadie podía explicarse el misterio de la extraña desaparición. Su mujer cansada de la espera, lió bártulos y partió a la montaña a vivir de sus chacras y animales; la acompañaba un hombre joven que las malas lenguas aseguraban era su amante. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, se fue olvidando del diligente y suertudo minero. A veces, algún compañero asegura haber escuchado su triste silbo en medio de la oscuridad socavonera.

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