LA LARGA AGONIA DE UN CAZADOR


Hubo en 1893 un cazador de venados y aves silvestres। Era tirador certero contra todos los animales sin amparo। Cazaba con ansia en la cordillera ”Nivapunta” en las a proximidades de Santa Ana de Tusi। Los animales salvajes tienen parajes elegidos para descansar y pasar sin que los ve los enemigos. Ocultamente saltan y brincan entre los pajonales mientras no ve el verdadero salvaje el hombre. Cuando el cazador persigue a balazos a una de las criaturas indefensos e inocentes, parece la madre naturaleza protesta y se enoja de haber dado a luz para el mal; tal vez, por eso las cordilleras llaman la lluvia para arrasar el mal tendencioso hombre.
“Yawar Caldo” era Jacinto Vergara, cazador pernicioso que no ha sabido respetar la vida de las tarugas y de otros animales indómitos. Tareas que el cumplía nada mas era recorrer las alturas del pueblo de Santa Ana de Tusi y sus cercanías; para la época entonces habían estancias con pocos almas.
En su último viaje a Nivapunta; ya concluida la subía, atisbada a todas partes como de costumbre, en algún punto debería ver un venado descuidado. En seguida se acercaba al cazador interrogándole a donde viajaba escopeta en mano. El objetivo de su trayecto detallo al anciano. El preguntón quiso saber algo mas del tirador. Este dijo. No tenía otra profesión que matar a balas las tarugas, las wachuas, los yanavicos y otros. Sobre el oficio abominable, la facha arrugada del anciano se cambio en mirada mustia. No duro la plática, el harapiento con la misma preocupación alzo la vista a un pendiente salpicado de piedra y arboles, aconsejándole que en la espesura debe parapetarse para acertar la puntería. Obediente acudió el sitio escogido.
Atento al disparo, permanecía sereno contra una taruga. Cuando en realidad vio salir por entre los arboles un venado gordo, convenció en efecto de las palabras del viejecito. Había en el cazadero, árboles quemados, piedras d todo tamaño que no permitía disparar repentinamente. Aguardo instantes contados ¡Ban,ban! Acabo con una inofensiva taruga. A carrera llego a rematarlo a pedradas; mas no encontró, se había redado a una hondonada quebrado los huesos .¡Arza carajo por fin te mate! Pero en un abrir y cerrar de ojos, el venado abaleado se convirtió al mismo anciano que le aconsejo matar. En ese momento se quedo pasmado viendo que de la boca salía sangre y orbitaba los ojos en señal de agonía.
Perpetro un homicidio sin represalia y sin ningún propósito; a consecuencia de la calamidad tuvo que alejarse cabizbajo del que yacía ensangrentado, para no ser responsable del crimen, arrojando su mejor escopeta a un abismo que lo acompaño en la casería.
De vuelta a la casa ya no atribuyo cazar ni musarañas. Arrepentido y desesperados pasaba las semanas y días sin la profesión. Apartarse del oficio para Yawar Caldo, constituyo naufragar en pena debilitante y agobiadora. No podía dormir sin victimara salvajes. Cada día añoraba de los cerros; que seguramente su espíritu habría quedado penando en el lugar del crimen, con la impresión que recibió instantáneo, como muchos de sus paisanos han imaginado.
La angustia y añoranza a los cerros lo postro a la cama a manera de enfermedad. En pocos meses, poco a poco se quedo en los huesos. En vano era la asistencia de buenos curanderos, quienes diagnosticaban mediante pulsos y jubeos.Al final conjuraron la muerte que ha de arrebatar en el futuro más próximo al criminal Yawar Caldo. Según los curanderos de antaño, había contraído la enfermedad que se conocían por el “Chachu”, de las fechorías y maldades que el había incurrido con quitar salvajemente la vida de los animales andinos; de los cuales, en sentido de represalia airada, las jircas,aukillos haciéndose al anciano, lo elimino de su terruño sagrado e intangible.
Creando sobresaltos en triste visitantes, comenzó a arrojar sangre por la boca, hablando en el momento palabras entrecortadas, que padecía cerrar los ojos por haber abaleado a mansalva a cuantos animales en Nivapunta. El espíritu de las jircas lo juzgaban de sus atrocidades delinquidas: en otro mundo, el malvado espíritu del cazador con los de jirca sostenían un pleito reñido ante el juzgado imparcial máximo, administrado por la Madre Naturaleza. Había ratos en que todos compadecían de su larga agonía; que le deberían plantar un puñal en cumplimiento a la ley “Quien a Hierro mata a Hierro muere”. Se descargaba su criminalidad sin poder la pata.
Tenían que aislarlo de la casa a otra ya aborrecido en extremo por todos los hijos y vecinos .De manera, por falta de manjar, el agua y de otros auxilios, dejo de existir en estado de ojos hundidos y músculos secados; todavía aseguradas las puertas de la casa con cerraduras de fierro; de la creencia que el muerto puede resucitar del sueño eterno a devorar a la gente ,ya con el nombre de condenado, de haber sido su espíritu condenado a la penitenciaria eterna, ordenando por el jefe de la justicia del animal y el hombre maléfico.
Por fin se fue a la muerte, atacado por el “Chachu” antes de la edad senil, calificado por el mas endemoniado criminal de las tarugas.

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